“Todo este asunto se trata de un asunto poder”- le dije. Era, en síntesis, de lo que estábamos hablando en todas las sesiones.

Con mi coachee estábamos trabajando la relación entre su dificultad de expresar sus emociones y su angustia. En un momento le pedí que me describiera corporalmente, que teatralizara exteriormente lo que le pasaba interiormente cuando no podía expresar lo que estaba sintiendo y se “congelaba” -según sus propias palabras. Su representación fue la de un cuerpo flácido, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos, como un títere abandonado en un sillón.
La perdida de contacto con las emociones nos deja sin poder. Y es la falta de poder lo que genera la angustia. Por eso la angustia es vivida como una pequeña muerte, como una perdida de fuerza interior, como si te desenchufaran…como si te desconectaran del poder.
(¿Se han fijado en los hilos de marioneta del afiche de la película El Padrino?. El Padrino maneja a la mafia, pero...¿quien maneja al Padrino? ¿Donde esta el poder?)

Le llamamos
emociones a las sensaciones corporales (producto de reacciones fisicoquímicas) con
que nuestro cuerpo responde a los cambios del entorno y nos predisponen a
cierto tipo de acciones…y no otras. La desconexión con nuestras emociones nos
privan de esa base de sustento fisiológico para actuar con fuerza, con
convicción…con poder.
Así como la electricidad en las máquinas, las
emociones son nuestra fuente de poder. Cuando perdemos conexión por alguna
razón con esa fuente, cuando el flujo de información emocional se traba de alguna manera, es como si literalmente nos
desenchufaran. Si por alguna razón le tenemos miedo a nuestras propias reacciones (que ciertas emociones disparan
en nosotros), tratamos de cortar la comunicación con nuestra emoción para apagar
o mitigar nuestra reacción. La emoción entonces se queda sin escape, se acumula
en un callejón sin salida, se vuelve en contra nuestra y nos hace daño.
¿Cómo
sucede esto?
Los juicios que traban
En algún
momento de este proceso normal de emoción-reacción, se nos ha enquistado un juicio. Ese juicio frena y termina
acallando los mensajes de la emoción al cuerpo (o al menos eso sentimos en lo
inmediato) y del cuerpo a la acción coherente. Este proceso de “modulación” es
visto por la sociedad como parte normal de nuestra adaptación al medio y a los
diferentes contextos. De otro modo actuaríamos como seres irracionales o
meramente reactivos, nos dicen todos los libros. Y en verdad nos enseñan desde
niños a controlar nuestras reacciones y acallar las emociones. Sin embargo, se nos enseña muy poco a escuchar y respetar nuestras
emociones, ni menos como darles una expresión sana.
¿Qué sucede
entonces con nuestras emociones? ¿A dónde se van? …como preguntaría Silvio
Rodríguez.
Si no se
transforma en acción, la emoción se queda – permanece- en el cuerpo y en la
mente. Cuando se queda en el cuerpo detenida nos enfermamos, es decir, tenemos
reacciones fisiológicas inconsistentes con el contexto. Sentimos frio, cuando
en el ambiente no existe un estímulo para aquello (nos congelamos). Nos duele
el estomago cuando no hemos comido nada malo. Nos enfermamos de algo en la
garganta envenenados de palabras que no
dijimos. En la mente, que es otro órgano de nuestro cuerpo, entra una plaga de
reproducción muy rápida. Nos llenamos de juicios
cargados de resentimientos. Juicios sobre los otros, aquellos que parecen ser
los provocadores de nuestro malestar, incomodidad o desasosiego. Esos juicios
quedan ahí, parapetados en el silencio de la garganta, dan vueltas en nuestra
cabeza como leones enjaulados y ocupan nuestra mente completamente sin dejarla
pensar en lo que ocurre en el presente- que es la función normal de este
órgano. La mente se confunde, colapsa, atacado por un virus que ocupa todo su ram. Podríamos decir, de cierta manera, que estos juicios están a cambio de
acciones no realizadas. O dicho de otro modo, que construimos un juicio para
evitar actuar.
Cuando la
energía de la emoción no se transforma en acción, es porque seguramente ha sido
derivada a la cabeza. En los vericuetos de la mente empieza a seguir un
recorrido que termina por enfriarla y desgastarla. Su mensaje nos llega
debilitado, contradictorio y confundido por los ruidos de otros mensajes que
van surgiendo en el camino. Pasamos, por ejemplo, del miedo a la explicación
del miedo y de este a la causa del miedo, y de la causa al causante. Finalmente
el miedo se ha transformado en rabia, la rabia que genera nuestro propio juicio
contra el supuesto causante de nuestro miedo. Pero el miedo sigue allí, sin
respuesta….¿Y que pasa cuando no tenemos permiso para expresar tampoco esa rabia,
cuándo tenemos miedo de nuestra rabia?
Quedamos congelados,
desactivados, tratando de desoír los mensajes del miedo y de la rabia, pues son
mensajes sin destino, sin posibilidad de expresión. Mensajes que sólo nos
perturban y nos inquietan. Finalmente nos quedamos con una extraña y confusa sensación
de angustia. Atrapados y parapetados en
la mente, el último refugio contra la emoción, pero sin energía y sin poder.












!Que bueno ! m e encanta
Mil besos de Maria